PARTIDA CREUS

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Massimo Marchiori y Antonella Gerosa, originalmente arquitectos en Piemonte (región de Barolo) y posteriormente establecidos en Barcelona, deciden a inicios de los años 2000 dejar la ciudad en busca de una vida más tranquila.

Encuentran su lugar en el Massís de Bonastre, en el Baix Penedès, una zona meridional de Cataluña caracterizada por sus suelos de caliza y arcilla. Allí comienzan cultivando hortalizas, en un proyecto de vida ligado a la tierra. Todo parecía encajar, salvo por un detalle esencial: no encontraban el vino que querían beber.

Esa ausencia se convierte en motor. En su búsqueda, empiezan a recorrer los alrededores y descubren numerosos viñedos abandonados, descartados por sus variedades antiguas, de bajo rendimiento o fuera de las modas del mercado. Donde otros veían obsolescencia, ellos encontraron sentido.

Así nace su proyecto: recuperar estas viñas olvidadas y darles una segunda vida a través de la agricultura orgánica y la vinificación natural.

Desde entonces, cada nuevo viñedo sigue un mismo ritual: localizarlo, investigar quién es su propietario y proponer su recuperación bajo prácticas respetuosas. Una labor que muchos consideraron una locura. Viñas viejas, poco productivas, con variedades descalificadas o ignoradas por las denominaciones de origen —como la Sumoll, rechazada en su momento por su falta de color— o directamente olvidadas.

Hoy, esa “locura” les ha valido un reconocimiento singular: son conocidos como los italianos que devolvieron valor a lo que nadie quería, elaborando vinos naturales a partir de uvas que el territorio había dejado atrás en favor de variedades internacionales de mayor rendimiento.

Actualmente trabajan con un mosaico de variedades autóctonas, muchas de ellas poco conocidas: Trepat, Garrut, Queixal de Llop, Ull de Perdiu, Samsó, junto con pilares catalanes como Garnacha y Sumoll.

El trabajo en viña es profundamente respetuoso: sin maquinaria invasiva ni tratamientos químicos. Su agricultura orgánica con principios biodinámicos y su trabajo guiado por los ciclos lunares.

La mula Vincenza y el caballo Orazio forman parte activa del viñedo, sustituyendo la mecanización. Las vendimias son, por supuesto, manuales, y los rendimientos bajos, en favor de una uva de alta calidad.

La filosofía se mantiene intacta en la bodega: fermentaciones espontáneas con levaduras autóctonas, sin clarificar ni filtrar, sin sulfitos añadidos (o en casos excepcionales, en dosis mínimas). Tras la fermentación alcohólica y maloláctica, los vinos reposan alrededor de siete meses en depósitos de acero inoxidable antes de ser embotellados. Sin correcciones. Sin maquillaje.

Miembros del movimiento Slow Food, su trabajo se basa en la recuperación y conservación del patrimonio vitivinícola, así como en un profundo respeto por la naturaleza.

Más que un proyecto, el suyo es un acto de convicción: una forma de vida donde cada botella refleja un equilibrio entre paisaje, memoria y decisión.

Con una producción anual cercana a las 27,000 botellas, elaboran tanto vinos tranquilos como ancestrales. Sus vinos destacan por su frescura, precisión y ligereza, con graduaciones alcohólicas moderadas y una acidez vibrante que aporta tensión y verticalidad.

Son vinos que no buscan imponerse, sino expresarse con claridad.

 
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