CELLER TUETS

 

Albert Domingo, entusiasta y apasionado, se aventura a retomar el antiguo domaine familiar en Aiguamurcia, un pequeño pueblo del Alt Camp, en la provincia de Tarragona. Es un lugar recóndito y aislado donde, acompañado de Panxu —un imponente cerdo negro— y Blanqueta —una resiliente perrita cazadora—, Albert se ha convertido en una de las voces jóvenes que están transformando el panorama de esta región vinícola catalana.

Celler Tuets se sitúa en el límite sur de la D.O. Penedès. Sus suelos son principalmente calcáreos y, en algunas de las terrazas antiguas, aún se pueden observar las vetas del terreno. A una altitud de entre 500 y 600 metros sobre el nivel del mar, el paisaje se percibe puro y generoso, casi detenido en el tiempo. Una casa de campo con vistas al valle marca el ritmo: influencia mediterránea, pero con una frescura clave durante los meses más cálidos.

El domaine abarca 70 hectáreas que han pertenecido a la familia durante seis generaciones, trabajadas históricamente de forma manual. De ese total, solo 22 hectáreas están plantadas con viñedo; el resto es un ecosistema vivo de bosque de pinos y garriga, junto con olivos, almendros y nogales que forman parte de la producción agrícola.

La mayoría de los vinos de Albert son monovarietales, buscando resaltar la singularidad de cada uva y del suelo del que provienen. Las viñas más jóvenes tienen alrededor de 17 años, con variedades como Parellada, Chenin Blanc o Moscatel. También trabaja con Syrah, Ull de Llebre y Garnacha Blanca. El Macabeo, con cerca de 35 años, es la variedad más antigua que cultiva.

Su enfoque agrícola es orgánico con prácticas biodinámicas: vendimias manuales y una intervención mínima, acompañando a la vid en su proceso natural. En bodega, la filosofía se mantiene: fermentaciones espontáneas con levaduras autóctonas, sin clarificar ni estabilizar, sin aditivos ni sulfitos añadidos, y vinificaciones principalmente en acero inoxidable.

Muchos de estos principios no son nuevos; forman parte de la historia familiar. Sin embargo, al retomar el viñedo, Albert decidió reinterpretarlos bajo su propia visión y formalizar este compromiso mediante la certificación orgánica.

A pesar de la extensión del domaine, los rendimientos son bajos y la producción limitada: apenas unas pocas miles de botellas al año. La presencia de la naturaleza —abundante, intacta— se percibe con claridad en sus vinos. Para Albert, su trabajo no es solo producir vino, sino preservar la antigua granja familiar como un legado vivo.