ANDREA CALEK & STEPHANA NICOLESCU

 

Andrea Calek y Stephana Nicolescu trabajan juntos alrededor de cinco hectáreas de viñedos en Alba-la-Romaine, en la Ardèche. Andrea adquirió estas tierras en 2007 a la familia Oustric, de Domaine du Mazel, uno de los proyectos fundamentales en el desarrollo del movimiento de vinos naturales de la región. En 2016, Stephana se incorporó al proyecto y, desde entonces ella se volvió parte central del proyecto. Sus viñedos cuentan hoy con certificación Ecocert.

El lugar es un hermoso valle situado en una curva del río Valvignières, en un territorio de fuerte influencia mediterránea, con suelos de arcilla, caliza y antiguos materiales volcánicos. Los romanos lo llamaron Valle del Vino, convencidos de que sus condiciones eran excepcionales para el cultivo de la vid.

Andrea Calek es una de las figuras singulares de la historia reciente del vino natural. Nacido en Bohemia, en la antigua Checoslovaquia, descubrió desde niño que podía hacer vino fermentando el jarabe de grosella que preparaba su abuela. Años después, tras la caída del Telón de Acero, regresó al sur de Francia y terminó encontrándose con algunos de los personajes que cambiarían para siempre su manera de entender el vino.

En Beaujolais conoció el trabajo de Marcel Lapierre y Guy Breton, entre otros miembros de los llamados “Big Four” - quienes fueron algunos de los primeros en poner en práctica las ideas de Jules Chauvet y Jacques Néauport - y quedó profundamente marcado por su manera de trabajar con agricultura orgánica, fermentaciones naturales y mínima intervención. Después estudió en Carpentras y Lyon y trabajó junto a diferentes viticultores, entre ellos Dominique Hauvette, con quien participó en la conversión del domaine hacia la agricultura biodinámica. Finalmente llegó a la Ardèche y comenzó a trabajar con Gérald Oustric en Domaine du Mazel.

En 2007 compró a los Oustric poco más de cinco hectáreas de viñas y comenzó su propio proyecto. Durante años, su personalidad reservada, su estética punk y sus vinos radicalmente libres contribuyeron a convertirlo en una figura casi mítica dentro del movimiento del vino natural.

Pero la historia de este domaine no es solamente la de Andrea. En 2016 llegó Stephana Nicolescu. Franco-rumana y criada en Chicago, Stephana llegó al vino por un camino completamente distinto. Su entrada al vino no fue tradicional: primero descubrió los vinos naturales, tuvo una especie de revelación. Después trabajó en un bar de vinos en París, donde tuvo libertad para seleccionar los vinos, pero pronto entendió que lo que realmente quería era estar del otro lado: cerca de los viticultores, con las manos en la tierra. Pasó por diferentes experiencias en España y en Loir-et-Cher antes de instalarse en la Ardèche junto a Andrea.

Desde entonces, Stephana se ha convertido en una parte esencial del trabajo del domaine. Su mirada complementa la de Andrea y aporta una perspectiva diferente a un proyecto que, lejos de quedarse detenido en la historia del vino natural, continúa evolucionando. Explica que no considera cultivar la vid y hacer vino como “arte”, sino como algo que ha aprendido y trabajado durante años.

Juntos trabajan con una agricultura precisa, de bajos rendimientos y profundamente respetuosa del suelo. La viticultura es manual y sin productos químicos; en bodega, la intervención se reduce al mínimo: fermentaciones espontáneas con levaduras indígenas, sin sulfitos añadidos, sin clarificación y sin filtración.

Andrea sigue siendo fiel a una idea fundamental: dejar que la uva y el lugar hablen por sí mismos. La maceración carbónica ocupa un lugar importante en su manera de vinificar, siempre que no termine ocultando la identidad del terroir.

Y quizá ahí está lo más interesante de este proyecto: no se trata de hacer vinos “naturales” como una declaración, sino de quitar todo aquello que pueda interponerse entre la lo que sucede en la viña y la copa.

Los vinos de Andrea y Stephana tienen esa combinación poco frecuente de libertad y precisión. Son vinos vivos, profundos y llenos de energía, pero también sensibles y tremendamente bebibles. Una expresión muy personal de la Ardèche y, al mismo tiempo, el resultado de dos miradas distintas que han encontrado una manera común de trabajar.